Sonrisas

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La carrera estaba siendo frenética. Angustiosa. Delirante. Ni siquiera parecía pertenecer a la realidad. Pero era muy real y su instinto de supervivencia lo sabía. No le interesaba saber a qué distancia le seguía, pues un solo vistazo a sus espaldas podía significar la diferencia entre la vida y la muerte. Un giro a la derecha, dos hacia la izquierda. Saltaba matojos, ramas, raíces, rocas, pequeños montículos de tierra. Cuanto más estrecho e intrincado fuese el camino que elegía, más difícil sería que la cazase. Desesperada, pensó un par de veces en escalar la rama más alta de un árbol. Enseguida se dio cuenta de que esa era una nueva manera de arrojarse a los brazos de la muerte, pues no le daría tiempo ni a subir al primer nivel del árbol y además era imposible olvidar que ese era el entorno natural del animal. Era ella quien jugaba en desventaja.

Un pequeño extracto de El presagio de Horus. Porque a veces en la vida nos encontramos situaciones ante las cuales tenemos que correr más, ir por delante, evitar que nos alcancen. No por cobardía, no. No es eso. No es cobardía querer salvarse a sí mismo, es adaptación. Supervivencia. Y puedes encontrar este camino llano y fácil, pero también lleno de obstáculos y sinuoso. En ambos casos, es necesario dejarlo atrás. Avanzar. Avanzando se crece y creciendo se llega a nosotros mismos. Nadie nos lo puede arrebatar. Supervivencia, ¿recuerdas? Merece la pena luchar por eso. Cuanto más estrecho e intrincado fuese el camino que elegía, más difícil sería que la cazase.

Y hablando de supervivencia… Es toda una hazaña sobrevivir a este calor veraniego de agosto. ¡Ya estamos en agosto! Los días parecen escaparse entre nuestros dedos cuando se trata del verano. Terminas el curso y te ves embarcada en otros proyectos temporales. Trabajo. Pero también descanso. Reencuentros. Tiempo para reencontrarse con uno mismo. Reencuentros también con los demás. Y sonrisas. Sonrisas que merecen tanto la pena… Sonrisas que te recuerdan lo que es real. Entonces la que sonríes eres tú.

Lo que tampoco deja de avanzar son los pedidos. El último, cuatro libros. Cuatro ejemplares que pronto tendrán sus cuatro destinatarios. Alegría por cuatro. Por dieciséis. Por doscientos cincuenta y seis. Son las cositas que facilitan que la felicidad ascienda exponencialmente. Me permitís que esta novela, la historia que tengo que contaros, siga sumando kilómetros. Mi deseo es que esta pueda compensaros con creces.

¡Feliz verano!

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Pérdida

SCLa miraba a los ojos, aquellos que la teniente Riley Turner ahora mantenía entreabiertos y clavados en los suyos. El capitán Matthew Slade supo que aquello que le oprimía los pulmones era miedo, un temor frío a ver cómo la chica perdía el brillo de sus pupilas. De sus pupilas al mirarle a él. Y la razón de aquella repentina sensación de pánico era mucho más profunda. Se dio cuenta en ese mismo momento de que no solamente la echaría de menos entre sus sábanas. Sus ojos verdes vacilaron. Dolía. Dolía mucho. Aquella sonrisa le atormentaba aún más que cualquier herida que hubiese recibido durante el transcurso de la guerra. Los párpados de Riley cayeron y la curva de sus labios fue atenuándose muy lentamente.

Todo fue muy confuso para el capitán Slade a partir de ese momento. El tiempo se desincronizó con la realidad y los hombres que empezaron a entrar en la habitación parecían no moverse lo suficientemente rápido como para completar los segundos al ritmo normal. Quienes habían permanecido en el exterior del cuarto por orden de Turner ahora se introducían en él.

El búnker está limpio, escuchó.

No sabía quién lo había dicho ni tampoco de dónde procedía aquella voz. De pronto y sin previo aviso, el médico Mason Hoobler se agachó junto a ellos, profiriendo algo en voz alta que Matthew no recordaría al segundo siguiente. Notaba que alguien le colocaba las manos en los hombros sobre el uniforme y se situaba delante de él. Reconoció al sargento Eric Collins. Le habló y luego tiró de él. No quería dejar a Riley sola. Todos los soldados de la compañía que habían acudido allí abajo y que podían valerse por sí mismos continuaban entrando. Pero es que no quería dejar a Riley sola.

Señor, será mejor que nos apartemos. Doc necesita espacio, creyó que le decía Collins.

Entonces sus ojos se desplazaron del rostro dormido de la teniente al del sargento. Una corriente de agotamiento azuzó cada centímetro de su cuerpo, rivalizando con aquel dolor que se alejaba de la física. Quería protestar, hacer que fluyera todo su mal carácter y ordenar a gritos que no se atrevieran a alejarle de allí, pero tan solo era una marioneta de aquella tempestad desgarradora. Matthew se dejó guiar por Collins y pronto se vio en el mismo lugar donde le habían colocado tras liberarle del enemigo. Allí donde había abierto los ojos y había visto aquel rostro que ahora parecía descansar. El capitán abrió la boca pero no emitió ningún sonido. Desde lejos vio cómo Hoobler vendaba aquella herida de bala del cuerpo de la teniente, taponando la entrada y la salida de la misma. Pero Riley no se movía. Su Riley parecía haber concluido finalmente la batalla.

 

Beatriz G. López