El paraguas

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Imagen: Freemages

Sabes que lo necesitas porque llueve. En realidad las nubes solamente se han arrebujado en el cielo espesas, con aspecto de algodón. Un algodón sucio, el color que se queda en el tejido tras restregarlo sobre una superficie de dudosa higiene. Pero sabes que esas nubes pronto descargarán agua. El olor húmedo en la calle tampoco miente. Decides entrar a una tienda, las antiguas “todo a cien” que ahora han adoptado matices más asiáticos, pues no quieres mojarte. Porque sabes que va a llover. Te acercas a la sección de paraguas, una vez has preguntado al dependiente dónde se encuentra (la prisa apremia, no quieres perder el tiempo), y ahí comienzas a rebuscar entre los objetos amontonados en la tercera balda comenzando por abajo. Inmediata e inconscientemente rechazas aquellos que se asemejan a un bastón: lo que quieres es uno pequeño, plegable, que quepa en tu mochila cada vez que lo necesites. Para eso están los paraguas, para ser útiles como y cuando quieras. Tampoco el color importa. Rojo, verde, amarillo… ¿Qué más da? Solamente es para protegerse de la lluvia. Ves el azul y tu mano se dirige hacia él de forma instintiva. Tal vez porque es el color asociado al agua. Asociado a la lluvia. Ese es el que eliges. Vas al mostrador y pagas, resultándote un buen precio para un paraguas. Barato, económico. Suspiras aliviado porque fuera ya ha empezado a llover. ¡Qué gran idea ese paraguas! Lo abres. Las varillas metálicas son firmes, fuertes, plateadas. La tela impermeable azul se extiende por encima de tu cabeza para ejercer su trabajo: protegerte de las gotas.

El otoño da paso al invierno y aquel ser inanimado que adquiriste por unas pocas monedas ha estado haciendo su trabajo eficiente. Incluso compraste un paragüero en la tienda de al lado. Y ahí lo dejas cada día. Durante el transcurso de los meses de mayor frío has descubierto que el paraguas también puede cubrirte de la nieve y el granizo. No está mal, te dices a ti mismo, no gasté ni un billete cuando lo compré.

La estación gélida también termina y, con ella, el clima intempestivo. Es cierto que la siguiente, la renovada primavera, también trae consigo ciertas lluvias, tormentas en ocasiones. El sonido que hace el paraguas al abrirse es demasiado familiar, no en vano lo ha hecho tantas veces. Sin embargo, poco a poco el astro diurno, aquel tan brillante, empieza a protagonizar los días y cada vez con más ímpetu. Te asomas al armario. Ya va siendo hora de guardar la ropa de invierno y sacar la de verano, ¿no? Lo mismo de todos los años, un ritual bianual que nos muestra camisetas que no recordábamos que teníamos. Desempolvamos los pantalones cortos, guardamos los guantes. Fuera los gorros, bienvenidos los tirantes. Las chaquetas gruesas y los abrigos son relegados al fondo del armario y con ellos también las bufandas y las botas. También el paraguas. En el caso de que lloviera, serían gotas cálidas y es más fácil soportarlas. ¿Quién quiere un paraguas en verano? Además, tiene una varilla un poco torcida. Piensas en tirarlo. No. Lo guardas por si acaso. Nunca se sabe. Total, piensas mientras le colocas encima una pila de prendas de abrigo, seguramente me compre otro cuando empiece el otoño.

 

Beatriz G. López