Sueño de porcelana

564437_74617220-650x487Ella solamente quiso querer. Su única pretensión fue recibir amor.

Él le regalaba su compañía todos los días. La cuidaba. Incluso cepillaba su fino cabello cuando las sedosas fibras parecían enredadas. La trataba con especial cuidado. Y la hacía estar radiante. Ella sabía que tan solo era una más, pero no le importaba. Le bastaba con sentir sus dedos suaves por su rostro inmaculado cada mañana. Era su momento favorito. El resto del día le miraba. Observaba todas y cada una de sus sonrisas. ¿Su preferida? Aquella que le regalaba al preocuparse por ella. Le enternecía tanto cómo se le rasgaban los ojos bajo aquella mirada sincera… Cómo le habría gustado devolverle el gesto. Pero sus pequeños labios de azabache se negaban a obedecer.

Cada día ella era la más dichosa del lugar contemplando a su amado. Y aunque él no tuviera forma de saberlo, ella conocía todos y cada uno de los recovecos del interior del chico. Cómo no hacerlo, le observaba desde su estantería desde que él era un bebé. Había sido testigo de sus torpes primeros pasos. Le había visto crecer, pues los padres del niño siempre le habían estado llevando al taller. Y así habían transcurrido los días, él un poquito mayor cada vez, hasta que por fin había contado con la edad suficiente como para empezar a participar en el negocio familiar. Desde que trabajaba allí, todas las mañanas repetía con ella y con sus compañeras el mismo ritual. ¿Podría él llegar a darse cuenta de que el fulgor de sus ojos era diferente al de las otras muñecas? No lo creía. No le importaba. Solo quería que, cada día al alzarse el sol sobre el vasto horizonte, volviera a tocarla.

La muñequita continuó siendo testigo del incesante desarrollo del joven, de cómo se encargaba del taller y su respectiva tienda. De cómo había cerrado esta última en numerosas ocasiones por la noche para encontrar algo de intimidad con la muchacha que un buen día había empezado a aflorar en su vida. Una joven preciosa, a decir verdad. La impotencia se fundía con la tristeza al ser testigo de cada beso, de cada caricia, de cada mirada cómplice. Soñaba con ser ella quien ocupase ese lugar y rozar esos labios que siempre le mostraban un gesto amable. Soñaba… Pero sabía que él era feliz así y su pequeño corazón de porcelana era lo que realmente anhelaba. Pensaba que tal vez, solo tal vez, llegara el día en el que también ella pudiese sentirse mujer. Suspiraba por abandonar, aunque solo fuese un momento, el interior de aquel cuerpo tan pequeño.

El reloj continuó deslizando sus manecillas a través de la piel del tiempo y ella pudo conocer a los hijos del joven y la preciosa muchacha, ahora convertida en su esposa. Siempre le había gustado el resplandor de las alianzas en sus dedos. Pero el dios Cronos era implacable, cambiando la verde lozanía por madurez estival. La muñequita de ilusión perpetua, sin embargo, sabía que bajo esa apariencia ahora más desgastada permanecía su joven. Que continuaba latiendo el mismo corazón de niño que siempre había velado por ella. Su felicidad, aquella vida plena de la que él disfrutaba la colmaba de júbilo.

Los años se escurrían por aquella espiral imposible de detener. Cuanto más avanzaban, él menos se acercaba por el taller. Ella escuchaba a los hijos de su joven ya anciano. Eran quienes ahora dirigían el negocio. Encontró aflicción en sus voces al afirmar que su padre no se encontraba bien desde hacía varios días. La mente inocente de la pequeña muñeca no podía comprender qué era lo que ocurría, a él, cuya alma siempre había desprendido una bondad tan inusitada en un mundo oscuro.

Pudo verle de nuevo un par de lunas después. El recuerdo de aquel momento se quedó grabado en su blanca memoria esmaltada. La puerta del taller se abrió lentamente. Su niño, que desde hacía varios años adornaba su carita con una barba nacarada a juego con su cabello nevado, apareció tras ella. Tosía. Sus pasos eran lentos. Pero sus ojos, ¡ay!, sus ojos mostraban el mismo brillo que antaño. Se acercó a la estantería y la miró. Hacía mucho, mucho tiempo le oyó decir que guardaba un cariño especial hacia ella porque ya estaba allí cuando él nació. Su niño había dicho que en ocasiones incluso parecía que le devolvía la mirada. Y la muñeca siempre tuvo la esperanza de que llegara el día en el que él se diera cuenta de que así era.

– Gracias por alegrarme la vista todos estos años, pequeña -le susurró. Y acarició su rostro suave y frío con sus dedos temblorosos y afectados por la edad.

Estuvo observándola durante un buen rato. Ninguno habló. Él no quiso despegar sus labios, ella no podía hacerlo. Finalmente el hombre con el corazón de niño se dio la vuelta y abandonó la tienda. Aquella había sido la última vez que la muñeca pudo reflejarse en sus ojos.

El día siguiente amaneció con el cielo cubierto de nubes cenicientas. Cuando la entrada a la tienda volvió a abrirse, el fresco aroma a lluvia se coló entre aquellas viejas paredes de madera. Ella pudo ver cómo el hijo mayor de su niño se acercó a la estantería. La tomó entre sus manos trémulas. El hombre no solamente vestía el negro en sus ropajes. La muñequita entonces lo supo. Algo dentro de su cuerpo en miniatura le dijo que él se había marchado para siempre. Entonces la pequeña escuchó un doloroso sonido en su interior. Su corazón de porcelana se resquebrajaba.

Y ocurrió el milagro.

De sus enamorados ojos de cristal brotó una lágrima que resbaló despacio por su rostro nacarado. Pura. Limpia. Diáfana. El hijo mayor pudo verla y la confundió con su propia estela de dolor. Entonces, con exquisita ternura, tumbó a la muñeca en el mostrador y la cubrió con una tela de raso.

Cuando la niña de porcelana fue destapada, pudo ver dónde se encontraba. Su amado yacía vestido del color de la noche en una hermosa caja alargada y mullida. La piel se veía tan pálida como la suya. Notó cómo la depositaban encima del cuerpo ahora desierto de su niño. La música decadente que inundaba sus diminutos oídos era la de la tristeza. Y de pronto, oscuridad. Habían cerrado la tapa. Notó el descenso.

Podía sentir sus manos debajo de su pequeño cuerpecito de muñeca. Sus párpados cobraron vida y fue capaz de cerrar los ojos. El milagro regresó. Miles de lágrimas iluminaron las tinieblas de aquel lugar sellado. Por primera vez supo lo que era esbozar una sonrisa.

Dormiría con él para toda la eternidad.

Soñaba que era humana.

Soñaba que bailaban y que, bajo la protección de sus brazos, aquel joven moreno la besaba.

 

Beatriz G. López

Pérdida

SCLa miraba a los ojos, aquellos que la teniente Riley Turner ahora mantenía entreabiertos y clavados en los suyos. El capitán Matthew Slade supo que aquello que le oprimía los pulmones era miedo, un temor frío a ver cómo la chica perdía el brillo de sus pupilas. De sus pupilas al mirarle a él. Y la razón de aquella repentina sensación de pánico era mucho más profunda. Se dio cuenta en ese mismo momento de que no solamente la echaría de menos entre sus sábanas. Sus ojos verdes vacilaron. Dolía. Dolía mucho. Aquella sonrisa le atormentaba aún más que cualquier herida que hubiese recibido durante el transcurso de la guerra. Los párpados de Riley cayeron y la curva de sus labios fue atenuándose muy lentamente.

Todo fue muy confuso para el capitán Slade a partir de ese momento. El tiempo se desincronizó con la realidad y los hombres que empezaron a entrar en la habitación parecían no moverse lo suficientemente rápido como para completar los segundos al ritmo normal. Quienes habían permanecido en el exterior del cuarto por orden de Turner ahora se introducían en él.

El búnker está limpio, escuchó.

No sabía quién lo había dicho ni tampoco de dónde procedía aquella voz. De pronto y sin previo aviso, el médico Mason Hoobler se agachó junto a ellos, profiriendo algo en voz alta que Matthew no recordaría al segundo siguiente. Notaba que alguien le colocaba las manos en los hombros sobre el uniforme y se situaba delante de él. Reconoció al sargento Eric Collins. Le habló y luego tiró de él. No quería dejar a Riley sola. Todos los soldados de la compañía que habían acudido allí abajo y que podían valerse por sí mismos continuaban entrando. Pero es que no quería dejar a Riley sola.

Señor, será mejor que nos apartemos. Doc necesita espacio, creyó que le decía Collins.

Entonces sus ojos se desplazaron del rostro dormido de la teniente al del sargento. Una corriente de agotamiento azuzó cada centímetro de su cuerpo, rivalizando con aquel dolor que se alejaba de la física. Quería protestar, hacer que fluyera todo su mal carácter y ordenar a gritos que no se atrevieran a alejarle de allí, pero tan solo era una marioneta de aquella tempestad desgarradora. Matthew se dejó guiar por Collins y pronto se vio en el mismo lugar donde le habían colocado tras liberarle del enemigo. Allí donde había abierto los ojos y había visto aquel rostro que ahora parecía descansar. El capitán abrió la boca pero no emitió ningún sonido. Desde lejos vio cómo Hoobler vendaba aquella herida de bala del cuerpo de la teniente, taponando la entrada y la salida de la misma. Pero Riley no se movía. Su Riley parecía haber concluido finalmente la batalla.

 

Beatriz G. López

Los deseos también se cumplen

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MJ Pérez y yo en la caseta 24 de Maidhisa

Dicen que cuando uno se encuentra a disgusto en un lugar los minutos transcurren más despacio. Por contra se cuenta que, si se disfruta de lo que se está haciendo, el tiempo se transforma en un suspiro. La hora y media que duró ayer la firma de ejemplares pasó ante mis ojos a la velocidad de la luz. Una vez te adentras a la caseta con tus libros encima del mostrador, es muy fácil dejarse llevar por el ensueño. Así nos ocurrió a mi amiga MJ Pérez y a mí. El Guardián entre los mundos y El presagio de Horus permanecían expectantes uno al lado del otro, tal y como nos sucedía a nosotras. Creo que es la mejor compañía que podría haber tenido en una ocasión tan especial.

 

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Podría decir que son muchas las cosas que se te pasan por la cabeza en un momento así, cuando entras a formar parte de un lugar que reúne a tanta gente como la Feria del Libro de Madrid. Cuando escuchas tu nombre por megafonía anunciando el título de tu obra. Cuando la gente va a verte expresamente a ti o cuando son personas que no te conocen de nada pero que ves que se interesan por el libro. Sí, podría decir que son muchos los pensamientos que anidan en tu mente. Sin embargo, todos tienen el mismo factor común: la ilusión.

Por otro lado, cuando eres novel es complicado atraer la atención de un público que normalmente va a lo seguro, centrándose en autores cuyos nombres ya ha recorrido un vasto camino. No obstante estás ahí, ya estás dentro, y con perseverancia, esfuerzo y ánimo, ¿quién sabe?

 

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La felicidad de ver tu creación convertida en papel ya significa una recompensa implícita. Es preciso saborear el sendero que se abre ante ti. Preciso y precioso. Estos tres eventos pasados han formado parte de mis primeras sensaciones públicas como escritora. No sé si habrá más, no sé si tendré más oportunidades de dar a conocer al mundo esta faceta de mí más allá de mi propia promoción. Me gusta pensar que sí. Al igual que también espero que El presagio de Horus sea tan solo el comienzo. Desde luego, continuaré trabajando. Si algo he aprendido de esta grata experiencia, entre otras muchas cosas, es que los deseos también se cumplen.